¿Y QUÉ MÁS?,
O EL PODER DE UNA HISTORIA

A estas alturas no descubro nada nuevo si digo que los cuentos tienen el poder de alimentar el alma, de saciar la sed, de callar el llanto, de reconfortar el dolor, de amenizar la espera o de iluminar una mirada. Pero sí puedo decir que he sido testigo de todas estas maravillas. Os voy a hablar de la última de todas.

Desde hace varios años voy a contar cuentos al Centro de Menores “Els Reiets” en Alicante. Allí me encuentro con chicos y chicas que están internos, sujetos a medidas judiciales impuestas por el Juzgado de Menores. Quienes contactan conmigo son unas profesoras, que a estas alturas ya tienen la categoría de amigas.

Mi visita coincide con la celebración de la Semana Cultural en la que los relatos,  bizcochos, karaoke, danzas y demás actividades conviven tan ricamente. Al principio me costó acostumbrarme, sí, acostumbrarme a los cerrojos, a los guardias de seguridad, a los transmisores añadiendo voces ajenas y a los vasos de plástico sobre los pupitres como único elemento de color.

Aquí las sesiones de cuentos son diferentes, el público es escaso (no más de diez o doce cada vez), la puerta se abre entre cuatro, cinco, seis y hasta quince veces en menos de 50 minutos, los alumnos salen y entran, los monitores también. Cada año veo caras nuevas, pocas veces me reconoce algún “repetidor” y cuando esto sucede me invade un triste honor. Quizá porque siempre me despido de ellos con un esperanzador: “Volveré, espero que vosotros no”.

A la hora de seleccionar el repertorio he de elegir bien. Con insistencia piden cuentos de amor, también de risa o incluso de miedo. Y se sorprenden, sobre todo cuando en los primeros cuentos no encuentran los arquetipos que conocen o en algunos finales no hayan justicia. Los de risa, siempre dan risa.

Es curioso (pienso sobre la marcha mientras escribo), hay un público al que no estaban destinadas estas historias y que también me espera año tras año. Son los impertérritos portadores de walky talky, los intermediarios entre puertas y dueños de llaves, los que reparten permisos para ir al baño y los que muchas veces olvidan la sonrisa detrás de la valla. Una de las veteranas, emocionada al recordar sus juegos de infancia, se arrancó ayer a cantar conmigo el romance de La doncella guerrera. Con qué alegría y sorpresa la miraban los chicos y chicas, con qué orgullo demostraba ella lo bien que se la sabía.

Pero quería hablar del poder de los cuentos y me he entretenido. Entre ayer y antes de ayer ha ocurrido dos veces. En el primer aula me esperaban doce alumnos, quizá trece, más los monitores y la profesora que me acompañaba. Con la primera historia ya me di cuenta, el muchacho que estaba sentado a mi izquierda tenía la cabeza girada hacia la pared, ensimismado en la nada, ausente, quizá perdido. Con la segunda no observé ningún cambio en su postura, ni siquiera un atisbo de interés. De vez en cuando posaba sobre él mi mirada, las palabras y el aliento de los protagonistas; también la esperanza de cautivar su atención.

Creo que fue hacia la mitad del tercer cuento cuando sus ojos eligieron la mesa y abandonaron el tabique que le separaba del exterior; quizá cambió el yeso por la madera o el amarillo por el verde. No lo sé, pero sonreí. Elegí para continuar La muerte madrina, os lo dije, siempre piden de miedo. Ocurrió a la vez, mientras la muerte estiraba sus huesudos dedos para tocar al recién nacido, que sería su ahijado, la mirada de este alumno se posó en la mía. Seguí contando, relatando cómo crecía el protagonista y con él la historia. Miraba a unos, a otros y a él, ya no volvió a apartar la vista de mis manos, de mis ojos, de mi voz, del médico, de la muerte, de las velas, ni del siguiente cuento, ni del de después.

No sonrió, no aplaudió (tampoco hacía falta), sin embargo en su mirada había otro brillo y cuando anuncié que contaría el último cuento me miró como siempre imaginé que lo hizo el viejo que interpeló a Gualberto Aniceto Morales en el relato Un boliviano con salida al mar de Mario Benedetti: —¿Y qué más? —creí escuchar.

Yo, que sé que el poder de una historia no tiene límites, dije otra vez: “Hace mucho tiempo, en un lejano desierto vivían dos hermanos…”.

Al día siguiente volvió a suceder en otra aula, con otro alumno, con otro cuento; la maravilla, casi el milagro, de cautivar una mirada perdida solo con la voz y la palabra. No hace falta nada más.

Si a estas alturas alguien todavía tiene dudas que me acompañe o que busque a otro narrador y lo siga.

Como dije al principio, no descubro nada nuevo si digo que los cuentos tienen el poder de alimentar el alma, de saciar la sed, de callar el llanto, de reconfortar el dolor, de amenizar la espera o de iluminar una mirada. Pero sí puedo decir que he sido testigo de todas ellas.

 

Raquel López Cascales
Narradora Oral

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Post Navigation