Un poco de historia

Hace ya algunos años, quizá más de veinte, alguien me preguntó a qué me dedicaba. Sin vacilar contesté que a contar cuentos y los ojos de quien tenía frente a mí se abrieron asombrados. ¿Y qué más haces?, insistió. Sonreí antes de responder y, con voz segura y orgullosa, dije: cuento cuentos y nada más. Le expliqué que trabajaba el cuerpo, la voz y los relatos que después llevaba a colegios y bibliotecas. Resalté la importancia de las miradas y los silencios y le aseguré que mis manos eran una prolongación de las palabras que se oían cada vez que repetía “Había una vez…”.

Un tiempo después, en una comida familiar, observé como mi madre preparaba una ensalada, estaba al tanto de unas patatas en la sartén y contaba las peripecias de Garbancito a mi hija mayor, que por entonces tendría menos de cinco años. Esta imagen no era nueva, la había visto muchas otras veces; la abuela contando mientras hacía otra cosa. Cuando la niña fui yo también narraba y ahora que ya es bisabuela sigue igual de animosa. Sus manos hacen, se mueven con tareas domésticas diversas y las historias le acompañan.

A partir de ese día empecé a decirme que sí, que yo era narradora profesional, pero que de mayor quería ser como mi madre que es capaz de contar mientras hace algo más. Incluso estas palabras formaron parte de mi presentación en el dosier que enviaba a bibliotecarias, maestras o programadores.

 

Las historias

Uno de los primeros títulos que busqué para crear un espectáculo de cuentos más o menos estable fue “Una historia con receta”. La verdad es que no recuerdo cómo surgió el nombre, pero me gustó. Quizá la memoria me estaba diciendo algo sin yo saberlo.

En esta sesión había de todo un poco: cuentos populares, mitos, de autor y álbumes ilustrados, pero estaban inconexos y el hilo conductor no funcionaba (aunque he de decir que por entonces tampoco lo buscaba). Poco a poco fueron sobreviviendo unos y cayendo otros, lo que permitía que nuevos relatos se incorporaran. Ahora que lo recuerdo con la vista hacia atrás me parece increíble que no fuera consciente antes, pero os aseguro que no caí hasta mucho tiempo después. ¿Cuándo? Cuando preparé el dosier del que antes os he hablado y en el que detallaba los contenidos de cada espectáculo.

Al redactar y configurar toda la información me percaté de que la mayoría de los cuentos que formaban la sesión tenían que ver con la comida. Sí, tardé años en verlo, qué se le va a hacer. Pues lo siguiente que tocaba era quitar las historias que nada tenían que ver con el masticar y buscar otras que sí.

 

El hilo conductor

Ahora sí que me interesaba darle una coherencia a todo el espectáculo, hilvanar una historia detrás de la otra hasta llegar al final, pero no salía. Qué cosas, ¿verdad? Las sesiones funcionaban, el público se iba contento pues los cuentos elegidos eran buenos y las felicitaciones a mi buen hacer llegaban tras cada función.

La idea llegó de rebote. A principios de octubre, con apenas una semana de diferencia empecé a trabajar en la reestructuración de dos sesiones: “Oasis de cuentos” y “Cuentos de la luz apagada”. En la primera decidí aprovecharme de la experiencia que tuve en un viaje (ya os daré más detalles) y en la segunda encajé las historias elegidas en mi pueblo (también os lo contaré en otra ocasión).

Ya sabía lo que iba a hacer y cómo lo llevaría a la práctica con la función que tenía entre manos.

 

La unión de dos búsquedas

Por un lado tenía la imagen de mi madre contando y haciendo algo más, por otro un espectáculo con historias relacionadas con la comida y por último la necesidad de establecer un vínculo con los cuentos escogidos.

¿Lo habéis adivinado ya?

Me propuse cocinar mientras contaba. Sí, cocinar. Menuda locura, pero estaba entusiasmada con la idea. Tanto, que dejé lo que estaba haciendo en ese momento y comencé a prepararlo todo. La mesa del camping me pareció estupenda, un tamaño escaso pero cómoda de transportar. Para cubrirla nada mejor que los manteles del ajuar; dos, para crear contraste y color. También un mini horno que mi madre tenía guardado sin saber que utilidad darle y que me había regalado ese verano. También el delantal familiar o, mejor sería decir, el que tenemos igual toda la familia (y somos más de veinticinco). Y faltaba la receta a preparar: galletas, galletas con trocitos de chocolate fue la escogida o la que en mi casa hemos rebautizado como “Mama-cukis”.

Lo tenía todo tan claro que solo necesité montar el pequeño escenario en el salón de mi casa para imaginarme en acción. Ni siquiera ensayé un poquito, ni una pizca, nada.

El requeteestreno

Cuando se lo conté a Gracia, la bibliotecaria de Aspe, le pareció una idea estupenda. Además, tenía función en su centro el 24 de octubre, un día muy señalado para los que nos gusta vivir entre cuentos e historias.

Llegué con una hora de adelanto, como de costumbre. Colocamos las sillas y ubicamos el lugar para la improvisada cocina. Qué bonita quedaba rodeada de tantos libros y, como nos sobró tiempo, nos fuimos al bar de enfrente a tomarnos un café.

Las campanas de la iglesia nos avisaron de la hora y corriendo (bueno, a paso ligero que estaba al lado) entramos en la biblioteca. Las 78 sillas estaban ocupadas y muchos padres y madres permanecía de pie.

¿Y si no me salían buenas las galletas?

Algunas reflexiones previas

Esta pregunta me la hice en el salón de mi casa mientras ultimaba los detalles. Los cuentos son lo importante, me repetía, la atención tiene que estar en las historias y en los personajes, no en las galletas.

He prescindido de elementos externos a la hora de narrar durante toda mi trayectoria. Solo he utilizado la voz y la palabra, y en ocasiones el apoyo del álbum ilustrado. Ni siquiera una marioneta, ni una caja, ni un instrumento musical. Su ausencia no es fruto de la ortodoxia, sino más bien de la falta de necesidad (y que no sabría qué hacer con un instrumento en mis manos). Quiero decir, que me siento cómoda con las manos vacías delante del público, jugando con el tono de la voz, con los silencios y con las miradas.

Sin embargo, algo me decía en mi interior que, con este espectáculo, debía hacer lo mismo que si estuviera en la cocina de mi casa contándoles a mis hijos, igual que en tantas ocasiones, tal y como mi madre continúa haciendo. En fin, como yo algún día también quería hacer.

Estaba tranquila y confiada a la vez con este reto. No tenía la sensación de vértigo que te invade cuando las historias son nuevas o estrenas un montaje completo. Los cuentos no me preocupaban, los había contado tantas veces que podía ir y venir con los protagonistas por los mismos caminos que ellos recorrían. En cambio, el resultado de las galletas sí me inquietaba. Para despreocuparme busqué un plan B.

El resultado

A todos los presentes le di la bienvenida a la Biblioteca Pública y a mi cocina. Les hable de mi abuela, del delantal que llevaba puesto y que es un homenaje a su figura. Comencé mezclando verdades con deseos, presente con pasado, voces con manos, repertorio con recetario, lo familiar con lo público y lo doméstico con la escena.

En varias ocasiones dejé de mirar a los que tenía delante para coger algún ingrediente y esa sensación sí fue nueva y sorprendente, aunque no inquietante porque formaba parte de un movimiento natural. Me gustó.

Mientras avanzaba la primera historia mezclé los ingredientes, incluso me atreví a cascar el huevo con una sola mano, ¡qué osadía! Al comenzar el segundo cuento metí las manos en la masa y observé a la mamá que tenía a mi izquierda y que no me quitaba ojo. Pensé que igual ya sabía lo que le pasaba al Tío Lobo o que la receta que ella utilizaba era distinta a la mía, quizá porque veía que por más que amasara los ingredientes estos no se unían y todo hacía presagiar que algo iba mal. La cuestión es que me miraba con intensidad.

Después de introducir las bandejas en el horno comencé la tercera historia y cuando las resistencias irradiaron color y calor, los ojos de muchos niños brillaron de emoción.

Con los dedos limpios continué con un libro en las manos y terminé rodeada de seis voluntarios que me ayudaron con la última historia. Los aplausos fueron generosos y yo estaba muy satisfecha con el resultado.

Las galletas salieron mal, pero los niños disfrutaron con el plan B.

 

Conclusiones

Narrar y cocinar, contar mientras hago algo más. La segunda función fue una semana más tarde y los tiempos entre acción y diálogo cuadran en muchas ocasiones. Es extraordinario las coincidencias que encuentro entre lo que hacen las protagonistas y mis movimientos. Con solo cambiar el orden de una historia puedo hacer que el pan de la gallina Marcelina salga a la misma vez del horno que mis galletas. Si utilizo la mano con la que estoy amasando para asustar, mejor que con la limpia. Y si paso por el supermercado antes, el plan B cobra sentido y de esta forma trabajo con una preocupación menos.

Tengo la sensación de que he estado contando así toda la vida, aunque no sea verdad. Me resulta tan fácil como preparar un bocadillo. Quién sabe, quizá ha hecho falta todos estos años de búsqueda para llegar hasta aquí. Os puedo asegurar que el resultado merece la pena.

La emoción y alegría que siento mientras cocino y cuento me acerca a los orígenes de esta tradición de una forma que hasta ahora no había sentido. Cuentos al amor de la lumbre, cuentos que son alimento o, tal vez, lo doméstico llevado a la escena.

Mamá, cada vez me parezco más a ti y me gusta.

 

P.D. Las galletas, que ya me salen buenas, nos las comemos después en casa con una taza de chocolate.

Y aquí algunas fotos de las dos primeras funciones.

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