No a la violencia machistaHace ya unos años Conchi Agüero, profesora de un curso de escritura al que asistía, nos propuso un ejercicio en común para todos los alumnos: cada uno tenía que escribir una versión del mismo hecho desde el punto de vista de un personaje distinto. La escena era una mujer que cae desde el balcón de su casa a una plaza y un hombre que sale corriendo del portal unos minutos después. Presenciaron la escena las clientas de una peluquería, el conserje de un centro municipal, unos chavales que jugaban a fútbol, dos policías que toman declaración, la madre de la víctima y puede que algún otro que ahora no recuerdo. Yo me pedí escribir la versión del marido que huye de la casa y el texto que hay más abajo es lo que salió.

Hoy quiero compartirlo para que llegue el día que no tengamos que llorar, lamentar, temer o maldecir por esta violencia sin sentido.

 

YA ESTÁS EN LA CALLE

Era mía y se le había olvidado. Antes no era así, no, mi nenita no era así. Toda la culpa la tiene ese grupo de mujeres con las que se juntaba en el colegio y la psicóloga con sus clases de inteligencia emocional y esas tonterías. ¿Inteligencia? La única inteligencia que sirve es la de siempre, la de toda la vida.

Ya se lo decía yo, nenita estás cambiando mucho y no me gusta. Te están metiendo pájaros en la cabeza y tú eres tan tonta que te los crees. Siempre venía con algo nuevo: “no me contestes de esa forma, me estás faltando al respeto, no le grites a los niños…” porque de pegarles ni hablamos.

Fue ella quien me lo dijo cuando éramos novios: “seré tu nenita para toda la vida” y se le había olvidado. Yo se lo recordaba, que la quería mucho: ¿cómo vas a tener tú esta casa si no es por mí? ¿Qué será de ti el día que yo no esté? Siempre juntos nenita, tú y yo siempre juntos.

Pero no, tenía que ir a sus clases con la psicóloga, a que me la cambiaran más. Se lo advertí, no vayas, nenita no quiero que vayas más. Tu sitio está aquí en casa cuidando de los niños. Y ella me decía que lo hacía precisamente por ellos, para que aprendieran a hablar con respeto y educación.

¿Educación? A mí la educación me la enseñaron a guantazos y no me ha pasado nada. Ella era la que ya no me hacía caso, a mí, a su marido y no lo podía tolerar.

Por eso cuando llegué del trabajo se lo prohibí: ¡se han terminado tus reuniones de mujeres! Y me dijo que no podía hablarle así, que era su esposo pero no su dueño. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Mi nenita diciéndome esas barbaridades, yo que se lo he dado todo, todo; sin mí no sería nadie.

Se lo advertí y ella retrocedió, quería salir de casa pero yo soy más listo y había cerrado la puerta con llave. Se fue hacia el balcón, comenzó a gritar y levanté la mano para hacerla callar. No quería que despertara a ningún vecino, era la hora de la siesta. Mi nenita estaba montando un escándalo, quería chillar a la calle y no lo podía permitir.

Fue muy rápido, abrió la ventana y corrí tras ella; me miraba asustada como si temiera que le hiciera algo malo, yo que la quiero tanto. La cogí para que entrara en casa y no quiso.

Quería estar en la calle, pues ya está en la calle.

Raquel López Cascales
2 de diciembre de 2008

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