Antes de viajar a Edinburgh para una estancia de cuatro meses, me planteé varios objetivos. No es que fuesen necesarios, pero, cada vez que decía que cambiaba de latitudes para no hacer nada de nada…

Os lo imagináis, ¿verdad?

Así que hice las maletas con el firme propósito de mejorar mi pobre inglés, de conocer las historias de Escocia, a los narradores del lugar y la tradición de contar. Que, además, era bien cierto.

Desde el principio así fue. Mi anfitrión es David Campel, un reconocido y aclamado storyteller al que conocí gracias a Laura Escuela y al que escucho, por fortuna, contar y cantar con mucha frecuencia en casa.

Al día siguiente a mi llegada ya pude ver el primer espectáculo de narración en el Scottish Storyteller Centre a cargo de Beverley Casebow y Anne Hunter. Unos días más tarde vi a Joshua Bryant junto a Daiva Ivanauskaitè y, ya casi en agosto, a Dougie Mackay. Los martes por la tarde, bajo las ramas de un grandioso árbol, he disfrutado con Alice Fernback y Svend Erik y, a finales de cada mes, en el Guid Crack Club he escuchado otras muchas voces.

He de ser sincera, mi inglés está mejorando, pero muchas veces no entiendo nada, y otras, desconecto para tomar un respiro y luego salto de palabra en palabra para ver cuáles reconozco. También tengo que decir que, para mi sorpresa, hay cuentos que entiendo desde el principio hasta el final. Qué contenta me pongo en estas ocasiones.

Laura Escuela es tan generosa que me ha prestado a los amigos que ella hizo aquí antes que yo. Ains, ¡si es que esta chiquilla es un amor!

Una de ellas es Inés Álvarez, española afincada en Inglaterra desde hace unos dieciocho años, los cuatro últimos en estas tierras, en concreto en Edinburgh. Me cuenta que es aprendiz, algo que a mí me suena a Harry Potter, y no puedo evitar sonreír las veces que se lo escucho decir.

Ella es la que me explica cómo aprenden aquí y cómo es el paso hacia la narración profesional. Entre tazas de té y scons me habla de quién ha sido su mentor y de con quién ha hecho pequeños workshops (talleres de unas tres horas de duración una vez al trimestre).

Nuestros encuentros empezaron con la excusa de ver algún espectáculo y siempre acabaron con diálogos sobre el cuento y la narración. Al ver que Inés tomaba apuntes en más de una ocasión, me atreví a proponerle ser su mentora durante mi estancia en Escocia. ¡Pero qué osadía tan grande!, pensé inmediatamente.

Para mí también era un inesperado y hermoso reto. Sé lo que es dar cursos y enseñar a padres, maestros y nuevos narradores desde que empecé a contar en el año 1991, pero esta forma sería nueva para mí.

Si echo la vista atrás y llego hasta mis inicios como cuentista, veo que esto mismo es lo que mi primera profesora (Numancia Rojas) hizo conmigo durante los tres años que duró nuestra relación profesional y amistad.

Veintisiete años después la vida da la vuelta.

Partiendo siempre de sus necesidades y, como me gusta una tabla Excel tanto como un trozo de tarta de chocolate, enseguida organicé los temas de los que quería hablar, compartir y trabajar con ella. Llegamos al acuerdo de encontrarnos entre dos y tres veces a la semana, que a fecha de hoy (dos meses después) no hemos cumplido; a veces son más y a veces son menos. Qué bueno tener una programación para poder saltártela las veces que haga falta 🙂 . Más adelante os la pondré entera.

Inés ha descubierto el arte de contar cuentos en Escocia y sabe mucho repertorio de aquí, con sus personajes más conocidos, sus características, sus paisajes, su idiosincrasia y su vocabulario. A la misma vez, desconocía la tradición española: cuentos, recopiladores, publicaciones y narradores.

Hasta ahora nos hemos reunimos en casa, en parques, en la cafetería del Scottish Storytelling Centre o en cualquier tetería de la ciudad. Creo que también hemos hablado de cuentos en algún cementerio (no hay que perder ninguna ocasión).

Empecé por contarle cuál es ahora el panorama de la Narración en España, le hablé de compañeros y compañeras, de bibliotecas y bibliotecarias, de festivales y kilómetros de coche, de colegios y profesorado, también de AEDA, cómo no. Este tema nos ocupó dos días y alguno que otro más entremedias de otras conversaciones.

Después quise seguir, más o menos, un orden cronológico (no sé si se puede decir así) y le hablé de folcloristas, del cuento popular español y de sus características. Le di bibliografía para que no saliera de su casa en tres meses y algunos títulos concretos para que tomara un atajo.

Mi sorpresa crecía cada vez que nos volvíamos a reunir y, buscando las palabras, me decía que las historias que le había facilitado no le gustaban, ninguna.

—Inés, llevas demasiado tiempo en el Reino Unido —le decía entre risas.

La verdad es que, para “defender” alguno de los cuentos más característicos de nuestra tradición, ahondamos en los distintos significados que tiene el cuento popular. Fueron ocasiones maravillosas para hablar y profundizar en los mensajes ocultos, en aquellos que llegan a través de símbolos y se quedan en el subconsciente, en los que calan como lluvia fina sin que apenas nos demos cuenta. También conversamos acerca de las lecturas erróneas o, más bien, de las conclusiones equivocadas a las que se suele llegar después de escuchar o leer una historia con ojos y orejas de hoy, pensando que todos esos cuentos son machistas, vengativos o demasiado crueles.

Para mí fue una gran oportunidad de releer artículos guardados como tesoros en mi ordenador para después enviárselos, de buscar enlaces a webs de compañeros y de recomendarle, nuevamente, que buceara en las páginas de AEDA.

Y nos fuimos al Festival de Narración de Oxford, ¡qué emoción! Pero esto lo contaré en el siguiente capítulo.

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