Alicante tiene fama porIMG_7278 su buen clima, pero no nos está acompañando en Los cuentos del recreo. Os cuento, después de una semana calurosa, en la que ya le habíamos dado la bienvenida a la primavera, guardado los abrigos, sacado las camisetas de manga corta y apagado las calefacciones, el frío volvió para recordarnos que en el calendario no había llegado el cuarenta de mayo.

Y ese lunes hizo mucho frío, quizá menos que otros, pero mi cuerpo no lo esperaba, mis uñas estaban moradas, mi espalda encogida y mi mandíbula tensa. Me imaginaba contando mientras me castañeaban los dientes y los chicos y chicas se quedaban petrificados en los escalones de las escaleras. Sí, suena exagerado, pero esa imagen me pasó por la cabeza, así que, por primera vez, decidimos refugiarnos en la clase más cercana.

Lo primero que hicieron fue dirigirse hacia una silla para sentarse como siempre, además el aula a la que entramos era la de la mayoría de ellos, con lo cual eligieron sus pupitres. Les invité a que ocuparan un lugar distinto e incluso a que se sentaran encima de las mesas para que no tuvieran la sensación de que estaban en clase.

El silencio y la intimidad fue lo mejor, como narradora que he contado en numerosos espacios sé que un lugar recogido es lo idóneo y siempre lo pido e insisto para contar en estas condiciones (en este enlace podéis ver el decálogo de recomendaciones para conseguir una buena sesión de cuentos).

Sin embargo, para esta propuesta de Los cuentos del recreo, sigo prefiriendo las escaleras. ¿Por qué? Veréis, después de entrar en la clase y cerrar la puerta, algunos chicos que llegaron tarde (porque primero fueron al baño o a otros menesteres) no nos encontraron o no se atrevieron a abrir la puerta para no molestar. Esto fue lo que me dijeron cuando al salir me crucé con varios. Ya sé que esto se soluciona teniendo un espacio fijo, un cartel, pero no sé…

Desde el principio he pretendido que esta sea una actividad visible, accesible a quien pase por allí, porque es el recreo, la hora de salir, no la de entrar. Puede que esté equivocada, a veces me lo cuestiono y, sin tener una gran certeza, hay algo dentro de mí que me hace seguir apostando por las escaleras contra viento y marea, bueno más bien contra el frío y los murmullos.

En cuanto al público que tengo, he de deciros que mengua un poco cada día. Ahora son alrededor de quince, pero tendríais que verles las caras y sus miradas cuando me ven aparecer. Claro que el ego me recuerda que en las primeras sesiones eran más, pero hago un esfuerzo para tener otras cosas en cuenta, como la fidelidad, la ilusión que me transmiten y, sobre todo, el verlos como personas no como números; esos pocos son tan importantes como si fueran cincuenta.

En cuanto a los profesores, pues siguen sin aparecer. ¡Ains! Ya no sé qué más decir de esta cuestión que no lo hay expresado antes.

Y les conté cuentos de humor: La chica que riega la albahaca, Yo dos y tú uno y otro más que ahora no me acuerdo, les preguntaré cuando los vea.

¿Qué opináis vosotros?

Gracias.

Raquel

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