Todavía tengo el cuerpo emocionado después de contar ayer mi primer cuento en inglés, un idioma muy lejano al mío, el español, pero una lengua que ahora oigo todos los días, a todas horas, desde hace dos meses.

Este era uno de los objetivos que me había propuesto mucho antes de preparar las maletas e iniciar mi viaje a Escocia, hermosa tierra, y ya puedo decir que lo he cumplido. Lo que ocurre es que ahora quiero más, quiero ir a por el segundo, quién sabe si a por el tercero.

Pero empezaré por el principio, que eso siempre está bien, porque, aunque contar en un idioma distinto al materno no es nuevo para mí, sí que ha sido un trabajo muy diferente. Hace tres años preparé una sesión de cuentos en valenciano. Pero lo dicho, voy al principio de lo que ahora me atañe.

Hace apenas dos años, mientras descansaba en la sala de profesores del IES Jaime II de Alicante, entre varias sesiones de cuentos, la profesora de valenciano me preguntó si contaba en ese idioma. Tímidamente le dije que sí y, entonces, la profesora de inglés me preguntó que si también contaba historias en el idioma de Shakespeare. De la misma forma que si me hubiera preguntado cómo se resolvía una ecuación de segundo grado, me encogí de hombros y dije que esa tarea, el inglés, la tenía anotada, la primera, en la lista de cosas que quería para la próxima vida. A lo que ella contestó que por qué no en esta.

Yo no sé qué pasó o qué tenía que pasar ese día, pero volví a casa rumiando. Entre risas me decía: si yo no me quiero morir todavía, ¿por qué voy a esperar tanto para aprender inglés?

Y seguí rumiando.

No sé si un poco antes o un poco después de lo que os cuento, había viajado a Helsinki y allí fui incapaz de decir, en la recepción del hotel, una frase muy sencilla. Salí a la calle y, creo que fue mi Ángel de la Guarda, cansado de tantos apuros, quien me empujó a decir:

—¡Inaf!

Sí, eso fue lo que dije, si lo hubiera escrito hubiera puesto enough, palabra que desde octavo no se me ha olvidado.

El caso es que, vaya uno a saber por qué, la misma semilla que mis profesores intentaron —sin éxito— que cuajara en mí hace tantos años, un buen día echa raíces y, sí, se agarra con fuerza.

A partir de ahí fue todo un cúmulo de carambolas, casualidades o alineaciones estelares, lo que prefiráis. Otra profesora me habló de una cafetería (Mil historias y un café) donde españoles y extranjeros se reunían a conversar en inglés una vez por semana en Alicante. Me descargué una aplicación en el móvil para ir practicando (Duolingo), empecé a ver las películas en versión original con subtítulos en español y, gracias a la adorable Laura Escuela, empecé a programar el viaje en el que ahora me encuentro.

Y ayer narré mi primera historia en inglés. Pero lo que quiero contar es el proceso, el entrenamiento, las estrategias, el modus operandi, en fin, la serie de ejercicios que he realizado para contar la historia en otro idioma.

Antes de venir había elegido el cuento popular español que tantas veces me contaron en casa Yo dos y tú uno, incluso había empezado a traducirlo. ¡Menuda osadía! Pero, una vez aquí, me di cuenta de que para empezar era mejor otro más corto. Me decidí por Los pajarillos de Eduardo Galeano, un relato al que le tengo mucho cariño y que cuento a todas las edades desde que empecé en esta profesión el siglo pasado.

Después de llevar en Edinburgh ya dos meses me atrevía a traducirlo con cierta confianza, y, cuál sería mi sorpresa, que, al enseñárselo a Damon, mi profe, no me hizo ni muchas ni pocas correcciones.  🙂

Ahora tocaba ensayar, ensayar y ensayar.

Durante ocho días desayuné, comí, merendé, cené, paseé y hasta dormí con la historia en la cabeza. Primero tenía que aprender el texto, sin memorizarlo, pero sin olvidar ninguna preposición. Las imágenes que tengo de esa historia en mi cabeza ahora tenía que narrarlas con otros sonidos y debía saber lo que estaba diciendo, no repetir dos o tres párrafos de carrerilla. No, eso no es contar, ni en inglés ni en español.

A la vez, me esforzaba en pronunciar todas las tes finales para que se entendieran los verbos en pasado y qué os voy a contar de algunas erres que parecen erres pero que no lo son. ¿Tenéis idea de lo difícil que es pronunciar drowing? Sí, por separado es fácil, pero ¿y en medio de una frase? ¿Y teniendo la imagen de tu profe todo el rato que te recuerda esa erre que casi no existe en medio? Uff. Aunque luego David me dijo que no, que no existe esa erre. ¿Por qué no se pondrán de acuerdo?

El salón de casa se convirtió en una pista de baile donde comencé a practicar de pie, sentada, encima de la mesa, saltando (qué cansado), lanzando cojines (agotador), con diferentes voces, con diferentes actitudes, practicando posturas de yoga… Cuando me cansaba salía a la calle y continuaba ensayando camino de la Old Town. Miraba escaparates, a los turistas, tomaba alguna foto, contestaba algún wasap para regresar nuevamente a la historia que daba vueltas y vueltas en mi cabeza. Qué bien la pronunciaba allí, en voz baja, y qué distinto cuando lo hacía en voz alta.

La conté por teléfono a una sobrina que habla requetebién inglés. Se quedó en silencio unos segundos y solo me dijo que me estaba volviendo escocesa, cosa que no entendí hasta que añadió que decía lass en vez de girl. Y sí, esa palabra es muy escocesa y yo quería utilizarla, me encanta. Luego me envió un audio por wasap con su perfecta y fina pronunciación.

Me pasé toda la tarde imitándola y muerta de risa porque a mí me parecía que de esta forma hablaba como una pija, pero ella insistía que así mi inglés sonaba mejor. Cada vez se complicaba más mi tarea.

Y tenía un problema del que no conseguía librarme: muchas de las imágenes que venían a mi cabeza cuando recordaba la historia eran letras, incluso los corchetes de la fonética que tenía anotada en el papel. Y puedo asegurar que lo veía con total claridad: Times New Roman, tipo 12.

Nooo, lo que yo quería ver en mi mente era a los protagonistas en acción, y no me salía, bueno, lo conseguía, pero solo la mitad. Decidí no pelear demasiado, seguir adelante y ensayar, ensayar y ensayar.

Una noche, después de conversar largo y tendido con Inés Álvarez sobre la importancia de la mirada a la hora de contar y de las diferentes miradas que tenemos sobre las cosas que nos rodean (fueron cuatro horas), de vuelta a casa, más contenta que unas pascuas, repasé el cuento, pero esta vez cantando. ¿El tono, el ritmo? Daba igual, la intención era contar la historia desde otro ángulo; a mí me salía un vals.

One upon a time, la, la, lala, lalala…

Menuda estampa, con la capucha de la chaqueta puesta porque lloviznaba, la calle desierta porque ya estaba oscuro y yo cantando un cuento en inglés con un acento que todavía no sabría identificar. Menos mal que me crucé solo con dos o tres personas en mi camino.

Y ejercicios de boca, voz y pronunciación, todos y muchas veces.
También de pies, muy importantes.

Dos días antes, por fin, encontré con quién hacer un preestreno y aproveché la oportunidad. Zizzi, la chica que viene a casa de David una vez por semana a limpiar, acababa de entrar al baño, detergente en mano, y yo la asalté. Bueno, en inglés, of course, le pregunté que si podía contarle mi cuento, que era muy corto, que tenía que practicar y que estaba nerviosilla. Ella, sin soltar la escobilla del wáter me dijo que podía contarle lo que quisiera, pero que no se iba a detener porque tenía que marcharse pronto. Tomé aire y, mientras ella se daba la vuelta para seguir con su tarea, yo comencé mi relato. Poco a poco, los movimientos de Zizzi se hicieron más lentos, incluso devolvió la escobilla a su lugar intentado hacer el menor ruido posible. Pasó al lavabo y allí las manos se le detuvieron a mitad de cuento. Poco antes de acabar ya me estaba mirando a los ojos. Cuando terminé abrió la boca y me enseñó el vello erizado de sus brazos. Además de felicitarme porque le había gustado mucho, me dijo que me había entendido perfectamente (yuju), además me pidió si, por favor, se lo podía imprimir para contárselo un día a su sobrina.

Hay muchas formas de elogiar un trabajo, pero la piel de gallina, eso no tiene ni trampa ni cartón. Que yo la vi.

Ains, qué emoción da ver que el esfuerzo, el trabajo, el ensayo y las gárgaras para mejorar los dichosos pasados daban sus frutos.

El día en el que por fin iba a contar ante el público mi primer cuento en inglés, lo reservé para prepararme y no hice ninguna otra cosa. Recordad, solo dos minutos de historia y todo un día de preliminares. Pues sí, ya podían ser así otras cuestiones de la vida, ¿no?

Me levanté temprano y desayuné como Dios manda, que esta parte no cambia ni en inglés ni en español. Después repasé varias veces la historia y me fui a caminar para que me diera el aire y para empezar con el ejercicio. Tomé el camino del supermercado, caminaba y miraba a la gente y mentalmente les contaba el cuento, otras veces lo hacía en voz alta. ¿Os podéis imaginar mi estampa diciéndole la historia a una lechuga iceberg, a un pimiento rojo, a un manojo de cebollas tiernas y a los aguacates que elegí para la ensalada? Estuve tentada de contársela también al chico que estaba en la caja, pero me preguntó si pagaría en cash or card,  y me descentré.

Antes de salir vi a dos chicas, creo que en el apartado de una agencia de viajes, sin ningún cliente que atender. Casi, casi me siento y les pido que me escuchen. Bueno, en cierta forma, el camino de regreso lo hice contándoles a ellas el cuento como si me hubiera sentado en ese cubículo.

A la vuelta empecé a hacer ejercicios de calentamiento que para mí no es otra cosa que poner música y bailar. Primero El cuarto de Tula para mover caderas y piernas, después 19 días y 500 noches para estirar brazos, también Celia Cruz, que hay que cantar y estar alegre, luego I’m gonna be, por lo de la inmersión lingüística, y así durante una hora.

Luego la ducha, el secador del pelo, maquillarme lo poco que sé, preparar la ropa y cocinar un guisado de tallarines porque Daiva, una narradora de Lituania que vive en Glasgow y que de vez en cuando se deja caer por casa de David, venía a comer y también a verme después contar. Entremedias, mi clase de inglés. Por supuesto, tal y como os lo estáis imaginando, allí pedí contar la historia de nuevo, delante de mis tres compañeras y el profe.

Atentos, yo eché hacia atrás mi silla y Damon cogió papel y boli para tomar nota de las indicaciones que me daría para mejorar. Antes de empezar, y bromeando, me dijo que era un boli rojo. Nada más terminar el primer párrafo ya llevaba más de dos palabras anotadas, pero no pasó de tres.

No era yo, no era mi acento, ni siquiera mi decente pronunciación. Es el poder que tiene un cuento, una historia, un relato. Una vez que presentas a los protagonistas el oyente quiere saber qué ocurre y lo demás pasa a un segundo plano. Ains, menos mal que en inglés también ocurre.

El Voices Café es un espacio amplio y diáfano del Scottis Storyteller Centre, junto a la cafetería. Allí, una vez al mes, durante dos horas, más de cuarenta personas se reúnen a escuchar cuentos, y cualquiera puede pedir el turno para contar una historia. Yo lo hice al principio de la segunda parte, me presenté, dije de dónde venía y que just in case they don’t understand my English al terminar también la contaría en español. Ay, sí, que unas risas antes de empezar te templan.

Me entendieron, les gustó y, además, disfrutaron enormemente con la versión en mi lengua materna.

Por eso lo celebré al llegar a casa.

Ahora quiero más (cuentos en inglés).

I’m gonna tell: The half chiken and the half real bilingüe junto a Inés.

Ya tengo ganas de contároslo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Post Navigation