El último viernes de cada mes se cuentan cuentos y se cantan canciones en la primera planta del pub Waverley de Edinburgo, muy cerca del Scottish Storytelling Centre.

A esa noche de narradores se le llama The Guid Crack Club y es tradición que haya un invitado o invitada especial con el privilegio de contar durante la primera parte y, también, al abrir y cerrar la segunda. Un anfitrión presenta la sesión, cuenta alguna historia y después nombra a los narradores —que quieran intervenir y que antes han anotado su nombre en un cuaderno— a participar en la velada.

Para cada ocasión hay un tema especial sobre el que giran los relatos, y, esa noche, tocaba historias de perros.

El día de antes me enteré de esa premisa, pero mi cuento no incluía ningún can. Una zorra, sí, un lobo también, parientes lejanos, quizá primos terceros, pero dogs…, la verdad es que no. ¡Con las ganas que tenía de volver a contar en inglés!

Casi a la misma vez supe, y menuda suerte la mía, que David Campbell, mi querido casero, era el encargado esa noche de hacer de maestro de ceremonias y él pasó por alto el asuntillo del perro.

Yo quería hacer un esfuerzo y contar una historia que durase más tiempo que la vez anterior, pero para qué sufrir si se puede andar el camino poco a poco. Además, me gustaba tener compañía.

Sí, lo habéis adivinado, Inés Álvarez y una servidora contamos a dúo.

Lo que quiero relataros a continuación fue el proceso, el trabajo que hicimos para preparar el cuento y contarlo a dos voces y con dos idiomas. Vamos, que empiezo.

El medio pollito y el medio real fue la historia elegida, un buen ejemplo de tradición popular española y que yo cuento, a niños y mayores, desde hace mucho tiempo a la menor oportunidad. Cuando Inés la leyó puso cara de perplejidad y, tímidamente, me dijo que no estaba muy segura de que el asunto del medio culito fuese polite para los escoceses.

Después del vino, el chocolate y los helados (ahora también el whiskey), creo que no hay nada que más me guste que un buen reto. Y os aseguro que se me reían los huesos solo de imaginarme la cara que pondría el público al escucharnos.

Aprovechamos nuestros encuentros para hablar de simbologías en los cuentos populares, de las múltiples lecturas que una historia permite, de cuento y contra cuento, de los personajes que son pequeños —a veces tanto como una hormiga o una mitad, como en este caso— y que salen victoriosos de sus percances. Y por supuesto, también de lo escatológico. ¡Qué gran tema!

A la hora de preparar la puesta en escena, si yo quería que mi inglés tuviese otra oportunidad, no debíamos caer en la tentación —líbranos Señor— de hacer una traducción literal del español al inglés. No, eso no.

Después de traducido el cuento, primero por mí, después corregido por Inés y supervisado por Ben, el marido inglés de Inés, tocaba mezclar los idiomas. De este punto estuvimos conversando toda una tarde, del respeto que el narrador debe a la inteligencia del público cuando narra y cuando elige un vocabulario determinado para expresarse. Qué añado para que la historia se enriquezca y qué quito para que tenga más interés, puntualicé.

Inés, parafraseando este acto con el lenguaje del cine —que tan bien conoce— añadió que debíamos buscar el deleite del espabilado. ¿A que es una maravilla de intención?

Tenemos la obligación de darle al oyente la oportunidad de que ponga de su parte y, si es escocés, pues también. ¡Qué se le va a hacer! 😉

Yo quería retos, ¿verdad? Pues ahora tenía que buscar la forma —entre el inglés y el español— de que El medio pollito fuese una historia bilingüe.

Jugar, siempre hay que jugar. Como acostumbro, empezaría en español la primera frase, deprisa, muy deprisa; entonces Inés me pediría que repitiera un poco más despacio y yo lo haría, pero esta vez en inglés.

Después alternaríamos los dos idiomas de forma que, más o menos, el cuento nos quedaría así:

80 frases:

  • 56 en inglés
  • 24 en español (solo 9 serían traducidas literalmente al inglés)

Teníamos que encontrar la forma, las palabras, para que la historia avanzara en los dos idiomas, a pesar de que no se tradujera todo. Aquí un ejemplo:

Así era nuestra intención sobre el papel, en los ensayos practicábamos el «robo» de texto para que oralmente resultase espontáneo, más fresco, como ocurriría con un solo idioma o si mi inglés no necesitara to improve a lot.

Para mi sorpresa, incluso tuve la osadía de bromear con David al puntualizar que: the fox was a dog’s aunt.

Aquí otro ejemplo:

También necesitábamos complicidad con los gestos y con las miradas, sobre todo cuando llegó el delicado momento de «hurgar». Entonces Inés se detuvo y fingió no querer traducirme. Con las manos le insté a que continuara, y ella, muy digna, antes de seguir, se excusó alegando que «esas palabras» eran de la española que tenía al lado, una muchacha —esto es una licencia que me permito— que parecía no haber roto un plato en su vida —otra licencia más— y que, ¡madre mía!, lo que acababa de decir.

Y sí, mereció la pena verles la cara al escuchar dig my little arse out with a stick.

Solo una semana atrás había escuchado una versión de este cuento de la mano de Dougie Mackay. El pollito estaba entero y para reclamar lo que era suyo contó con la ayuda de unas abejas que se metían por entremedias del pijama del rey.

Es maravilloso escuchar las transformaciones por las que pasan las historias a lo largo de los años y a lo ancho de los caminos de este mundo, y que llenan de hermosas particularidades al mismo relato. Además, el esfuerzo por entender el cuento en otro idioma se disipó al reconocerlo.

Un par de días después, mientras compartíamos un delicioso scone en casa, le pregunté a David por varias cuestiones que quería saber desde su experiencia como narrador, como mentor, como viajero, como oyente de otro idioma y como experto en la vida misma.

Os adelanto que estuvimos de acuerdo en todo.

David me habló de cómo el cuerpo, los gestos de la cara, las manos, la mirada y el ambiente que fuimos capaces de crear también contaba. Él, que ha recorrido tantos lugares del mundo, disfruta escuchando relatos con otros códigos lingüísticos y agradeció que nuestro cuento no fuese una traducción frase a frase. Por su parte, el público vio que nosotras nos divertíamos y también formó parte de esa alegría.

Como cualquier historia contada, necesitaría de mucho rodaje para llegar a ser tan cómoda como zapato viejo, pero el resultado fue más que satisfactorio y, sobre todo, estimulante.

Hay una cosa que agradezco de estas experiencias —aunque en más de una ocasión no quisiera complicarme la vida y acudiría como oyente—, es la oportunidad de volver a sentir esos nervios, esa inquietud en el estómago, esa inseguridad que reaparece cada vez que se acerca el día que tengo que contar en inglés.

Mañana vuelvo al Café Voices con I eat two you eat one.

Ains, qué retortijones tengo ya.

 

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